Mientras más nos conocíamos y convivíamos, estaba más convencida de que eso no prosperaría pero me agradaba pasearme con él y sentir que le era importante: viajamos lo suficientemente lejos para conocer su casa de la infancia, escuelas, etc. Eso le era importante y me lo mostraba. Era... bueno.
Pero no podía aceptar ese obsequio, ni podía corresponderle. Y no quería.
Pronto se dio cuenta de mi escueto interés por actos más significativos y cuando el momento de demostrar a dónde íbamos llegó, vimos cómo nuestros caminos se separaban y como era más fácil ver a alguien a varias decenas de kilómetros que superar los no más de 10 km entre nosotros.
Fue una maravilla de dedos largos, guitarrista, alto, delgadísimo y aroma a buena colonia. Inteligente.
Algunos años más tarde, hubo una promesa de regresar cuando, yo con la pierna inútil, llegó a casa para tocar su guitarra. Nada.
Y fue de las compañías más significativas por estar en el momento adecuado, cuando más le necesitaba. Por compartirse. Por comenzar a estimular en mí, esa vocecilla interior que decía "¿No sería lindo si...?"
No hay comentarios:
Publicar un comentario