jueves, 26 de enero de 2012

C

Era amigo, compañero en penas cuando las cosas se pusieron feas y por una circunstancia puse distancia a amigos y actividades extra. Ciertamente, era buen compañero, y ah, como me gustaban sus halagos. Y sus labios de corazón.

Mientras más nos conocíamos y convivíamos, estaba más convencida de que eso no prosperaría pero me agradaba pasearme con él y sentir que le era importante: viajamos lo suficientemente lejos para conocer su casa de la infancia, escuelas, etc. Eso le era importante y me lo mostraba. Era... bueno.
Pero no podía aceptar ese obsequio, ni podía corresponderle. Y no quería.

Pronto se dio cuenta de mi escueto interés por actos más significativos y cuando el momento de demostrar a dónde íbamos llegó, vimos cómo nuestros caminos se separaban y como era más fácil ver a alguien a varias decenas de kilómetros que superar los no más de 10 km entre nosotros.
Fue una maravilla de dedos largos, guitarrista, alto, delgadísimo y aroma a buena colonia. Inteligente.

Algunos años más tarde, hubo una promesa de regresar cuando, yo con la pierna inútil, llegó a casa para tocar su guitarra. Nada.

Y fue de las compañías más significativas por estar en el momento adecuado, cuando más le necesitaba. Por compartirse. Por comenzar a estimular en mí, esa vocecilla interior que decía "¿No sería lindo si...?"