Él era un chico muy guapo. Alto, delgado, pálido y envuelto en terciopelo negro, era el sueño vampírico de cualquier adolescente que gustara de las películas de The Crow y Nighmare before Christmas.
La primera vez que lo ví, yo terminaba de bajar las escaleras y daba la vuelta para salir del edificio, él iba entrando. A contraluz y su gabardina volando de la parte baja por el paso rápido.
Muy pronto lo encontré más ocasiones en los pasillos, en el aula de cómputo, en el patio. Ni siquiera recuerdo cómo nos hablamos, tengo la impresión de que el hecho de que tenía que imprimir cosas, entrar y salir, nos llevó a alguna conversación por nuestro aspecto semejante. Era interesante. Era guapo. Su cabello negro ondulado y largo me fascinaba, me perdía mirando la pequeña cruz de plata de su arracada en la oreja.
Me gustaba,recuerdo aquella vez que me alcanzó en el pasillo y me dijo que lo esperara mientras iba por sus cosas para irnos juntos, al dar media vuelta, se reveló la red de la parte posterior de su playera negra, contrastando con los cuadritos que hacía de su piel blanca y tersa.
Sobre qué pasó exactamente, casi no recuerdo. Recuerdo las caminatas, muy poco las pláticas, tengo más grabadas las imágenes. Y así, pasó el tiempo, yo no tenía ninguna intención, no pensé en algo fijo, no había rumbo ni dirección. Y así llegó el día en que lo ví con otra chica, platicando. Algo en mi interior, la voz que torcía las cosas y daba su opinión muy a menudo, reprobó aquello. Tan sólo me alejé: Un día, se acercó y no obtuvo respuesta mía. Creo que estaba celosa. Creo que me sentí, traicionada. Era mi egoísmo y mi seguridad sobre las cosas que creía merecer. No importó que me gustara tanto, las pláticas, la compañía, nada. Tan sólo lo dejé ir muy segura de algo que no sabía qué era definitivamente. Y él no sólo se alejó de mí, se alejó de ella y en definitiva de la escuela. No lo volví a ver después de eso. Alguna vez, paseando por las calles del centro histórico, me pareció verlo, más maduro, con prisa, lo reconocí por cómo lucía con la gabardina, el cabello y se perdió antes de que pudiera localizar la arracada y la pequeña cruz de plata en su oreja.
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